Palios

30 julio 2009

ÚBEDA, CIUDAD DE SEMANA SANTA Viernes Santo

Filed under: Úbeda, Semana Santa, Viernes Santo — Etiquetas: , — vicentecamarasa @ 8:13

Cuando apenas hace dos horas que la cofradia de Jesús en su sentencia ha regresado a su templo, la gente se agolpa a las puertas de la iglesia de Santa María, un edificio emblemático de la ciudad representante de la arquitectura del Bajo Renacimiento de Úbeda.

En la madrugada del Viernes Santo, rompen el silencio unos golpes secos que anuncian la apertura de las puertas del templo por donde saldrá el paso a la calle. Al tiempo que suenan las primeras notas del “Miserere”,  Jesús Nazareno, “llamado de las aguas” , se deja ver iluminado por los centenares hachones que llenan la plaza  portados por nazarenos que esperan la salida de Jesús desde las cinco de la madrugada.

 

 

Jesús Nazareno es obra de Jacinto Higueras, de 1940, en madera policromada y a tamaño natural, se sitúa sobre un trono del ya mencionado Francisco Palma Burgos; con la cruz a cuestas avanza sereno hacia el Calvario cubierto con una túnica morada y la corona de espinas magullándole un rostro que desprende paz. Sus manos apenas si rozan la madera de la cruz que parece no ser un gran peso para él, pero la pesadumbre no se borra de la dulzura de su mirada que observa con misericordia a su verdugos.

Terminado el lamento del Miserere, Cristo camina silencioso entre las filas de nazarenos que alumbrarán su camino durante todo el recorrido de la procesión.

Tras Jesús sale del templo la Santísima Virgen de los Dolores, obra también de Francisco Palma Burgos sobre un trono de orfebrería de Sevilla. Es un trono sin palio, sencillo, que deja ver por completo la tristeza del semblante, fruto de una gran dolor provocado por el puñal de oro que lleva ya clavado en el corazón.

Esta cofradía, titulada de “muy antigua antigua e ilustre” por estar fundada allá por el 1577, consta de un tercer paso en el que aparecen San Juan y la Verónica, que porta el paño con el que supuestamente limpió el rostro de Cristo en su camino hacia el Calvario, obra de Vicente Bellver.

 

Nada más regresar a su templo, de la misma Santa María sale Jesús de la caída. La imagen del Cristo fue realizada en 1942  por Mariano Gil de Benlliure, que sustituye a la talla monumental destruida en la Guerra Civil.

Con la cruz a cuestas, Cristo cayó repetidas veces al suelo. Al tiempo que posa la rodilla en tierra mira a los que le rodean con la misma expresión de paz y misericordia que muestran los cristos de la ciudad. Amortiguan el golpe una cúmulo de flores moradas que se amontonan en torno a sus pies. Lleva el torso desnudo y parecen haber desaparecido todas las heridas que lo cubrían; quizá esas heridas no podamos verlas en su cuerpo pero si nos fijamos en la mirada de este Jesús que cae una vez tras otra por el peso del madero, veremos las llagas que se hacen allí, en lo profundo de sus ojos más y más dolorosas.

Es el mismo dolor que muestra María Santisíma de la Amargura, obra de Juan Luis Vasallo realizada en 1953. Puede observarse cómo el escultor se ha basado en los recursos tradicionales para lograr ese rostro lleno de pena y la plasmación de notas emotivas, como las lágrimas de las mejillas. Lo que destaca es la contención del semblante de esta Virgen. La espada que le atraviesa el corazón pone de manifiesto que efectivamente nos hallamos ante una iconografía de la Amargura.

 

 

En torno al mediodía  y sobre un túmulo de claveles rojos, Cristo vuelve a salir a las calles de Úbeda desde la iglesia de la Trinidad para tomar su último aliento. Jesús, roto ya por el dolor emplea las pocas gotas de vida que le quedan en mirar al cielo de la ciudad y susurrar sus últimas palabras. Esta escultura de Jesús de la Expiración fue realizada por José Luis Vasallo en 1942 para la cofradía del mismo nombre en sustitución de una imagen perdida en la guerra. La anatomía de este Cristo podemos decir que es casi perfecta, adaptando la tensión muscular al terrible momento.

 

 

Destacan las heridas de manos y pies cuya sangre corre y resbala por los maderos de la cruz. En el rostro se concentran la agonía y la tragedia del trance final; Jesús presenta la boca entreabierta, los ojos y las cejas alzados como muestras evidentes de los recursos expresivos que enlazan a este imaginero con la vena barroca andaluza.

La Virgen de los Dolores, cubierta con un manto negro sigue bajo palio el cuerpo sin vida de su hijo clavado en la cruz.

Antes del encierro de la Expiración, sale de San Isidoro Nuestra Señora de las Angustias y el Descendimiento de Cristo, cofradía fundada en 1905.

Nuestra Señora de la Angustias, imagen emblemática del sur de España, observa desconsolada el rostro de su hijo que yace inerte en sus brazos al pie de la cruz que le ha quitado la vida. Sobre un trono de plata llevado a hombros de treinta y seis hermanos, María observa con la mirada bañada en lágrimas a su hijo cuyos ojos se han cerrado ya para siempre y sus miembros se descuelgan vencidos por el peso de la muerte.

Es la única imagen de Úbeda que sigue el esquema de la Piedad, y fue esculpida por Nicolás Prados López en 1943. Concebida como talla completa en madera policromada, fue de las primeras obras salidas de su taller, dando lugar a una escultura de gran realismo y movimiento de líneas. Cristo es retratado con trazos rotundos y parece tener reminiscencias de la Virgen de las Angustias de Santa María de la Alhambra realizada por Torcuato Ruiz del Peral.

 

 

La cofradía cuenta con un segundo paso, que representa el descendimiento de Cristo, obra de Marcelo Góngora, terminada recientemente. Un Jesús de grandes dimensiones es descolgado de la cruz ante la mirada sobrecogida de San Juan, María Magdalena y José de Arimatea.

 

 

El Cristo es de talla completa, mientras que el resto de las figuras están realizadas con la misma estructura que las Dolorosas.

Abandonada ya por su hijo y antes de caer la noche comienza su itinerario por Úbeda Nuestra Señora de la Soledad acompañada por María Magdalena.

La Virgen, que parece no querer abandonar la cruz en la que ha muerto su hijo mira al cielo implorando consuelo para un dolor que es insoportable. Mientras, la ciudad quiere hacerse eco de sus lágrimas y cubre el cielo de oscuridad al tiempo que veinticuatro hermanos costaleros la portan.

Esta procesión, cuya cofradía es de las más antiguas de Úbeda, ya que se fundó en 1554, tiene la peculiaridad o el atractivo del modo en que los costaleros zarandean y dan vueltas al trono de la Virgen, o la rapidez con la que suben sin parar la cuesta de la Merced.

Cuando la Soledad ha hecho su entrada en la plaza Vázquez de Molina en espera de la procesión general que se lleva a cabo todos lo viernes santos, de la iglesia de Santa María salen quizá las imágenes más impresionantes de la Semana Santa de Úbeda: el Santo Entierro de Cristo y el Santo Sepulcro, realizadas también por el prolífico Francisco Palma Burgos. Estas imágenes se guardan en la Colegiata de santa María de los Reales Alcázares, aunque desde 1983 pasaron a la iglesia de San Pedro al estar cerrada la anterior por restauración. En la actualidad se guardan en San Pablo.

 

 

Flanqueado por dos filas de penitentes ataviados con capas de terciopelo, gollillas y puñetas, aparece el primer paso; un grupo escultórico en el que San Juan sostiene sobre el sudario el cuerpo de Jesús mientras María Magdalena le enjuga los pies con sus cabellos ante la mirada dolorosa de su madre, la Virgen. Completan el grupo José de Arimatea y Nicodemo. Tienen las esculturas un tamaño mayor del natural para que, vistas desde el suelo sobre la altura del trono, se reduzcan sus dimensiones a las normales de una persona.

 

 

El conjunto fue realizado 1947, por Francisco Palma Burgos, que obtuvo el premio Nacional de Escultura por la figura de María. En 1955 las imágenes de Nicodemo y José de Arimatea dejan de procesionar ya que se depositan en el Museo de Semana Santa en 1990, momento en el que fue inaugurado. Entre los años 1997 y 1998 el grupo fue restaurado, exceptuando los mencionados Santos Varones, por Foronda Lozano; actualmente han sido recuperados y vuelven a procesionar.

 

 

Tras este paso avanza majestuoso el Santo Sepulcro; todas las voces se acallan por lo impresionante de su apariencia: entre cuatro grandes antorchas llameantes se distingue el cuerpo de Cristo yacente. La anatomía de esta imagen es un gran logro de su autor, Palma Burgos, que con el cuerpo contorsionado y la sangre abundante que cubre sus miembros hace del realismo una de sus características principales.

Fotos tomadas de www.cruzdeguia.org

Rocío Romero

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